Acercar a Cristo a los niños con síndrome de Down

“Saberse hijo de Dios, llamado a la existencia por amor, en una situación de discapacidad, da sentido y explicación a la propia vida”

María Victoria Troncoso es presidenta de la Fundación Síndrome de Down de Cantabria. Licenciada en Derecho y profesora especializada en pedagogía terapéutica. Ha sido galardonada con el premio “Christian Pueschel Memorial Research”, en el año 2006, concedido por la más importante organización de EE UU dedicada al Síndrome de Down.

El año pasado, como consecuencia de la Jornada Mundial de la Juventud, y de las indicaciones del Papa en su Carta Apostólica Porta Fidei, decidió reemprender la formación religiosa de los jóvenes con síndrome de Down que asisten a la Fundación y nos cuenta su experiencia:

“Me pareció que ello podría ser una de mis contribuciones a la demanda de la Iglesia para la nueva evangelización. Las personas con síndrome de Down que han sido bautizadas,  tienen el derecho y el deber de crecer en el conocimiento de las verdades de la fe y de alcanzar la santidad. Los padres que han llevado a sus hijos a bautizar han adquirido el deber y la responsabilidad de educar a sus hijos en la fe. La inmensa mayoría de las familias y las instituciones educativas defienden y promueven la educación integral de sus hijos o alumnos, pero ¿cómo puede darse una formación integral si no se les facilita la formación religiosa?. Saberse hijo de Dios, llamado a la existencia por amor, en una situación de discapacidad, con un destino trascendente y eterno, da sentido y explicación a la propia vida.

La discapacidad intelectual no es un obstáculo para la fe, ya que es un don sobrenatural. En el aspecto humano, la fe es creer por el testimonio de otro que sabe de qué habla y no nos engaña. Nuestros hijos y alumnos con síndrome de Down se fían totalmente de nosotros, nos creen. Si no estamos convencidos y no intentamos vivir lo que queremos transmitir, la tarea es complicada.

 

En la actualidad, gracias a buenos programas y a mejor atención educativa, la mayoría de los niños reciben la Primera Comunión. Sin embargo, la mayoría no han continuado la catequesis.

En noviembre de 2011, comuniqué al equipo educativo de la Fundación que a partir de Enero empezarían las clases de formación religiosa. Para nuestra gratísima sorpresa se inscribieron 25 jóvenes, entre 17 y 45 años. Las clases empezaron el 18 de enero, y durante ese trimestre tuvimos doce sesiones. Ya desde el primer día vimos que todos estaban muy contentos y con ganas de participar.

Hay varias anécdotas que, una vez más, nos han demostrado la sensibilidad y delicadeza de las personas con síndrome de Down: Beatriz cambió de ropa, porque “no voy a ir a clase de religión en chándal”; otros aportaron sus experiencias de canciones religiosas o sus biblias. Pablo, aunque habla muy poco, siempre me despide “¡hasta el miércoles, ¿eh?!”. Otra de las sorpresas ha sido la asistencia constante. Las pocas ausencias han sido motivadas por visitas a médicos o viaje familiar. De hecho, al comenzar el nuevo trimestre “premiamos” con fuerte aplauso a los que no han faltado ni un solo día, que eran más de la mitad. El clima habitual es de mucha alegría, sonrisas, deseos de participar.

El hecho de que las tres profesoras les conocemos desde hace tiempo,  ha facilitado mucho la tarea. Por nuestra experiencia conocemos que, para que el trabajo educativo sea eficaz, debe estar bien estructurado, con una sistemática ordenada y progresiva, con repetición de contenidos, con variedad de actividades y con presentación de materiales atractivos y diferentes.

Desde el principio establecimos una rutina para las clases: se ponen de pie para hacer la señal de la Cruz (¡sin arrastrar las sillas, sin hacer suido, sin apoyarse sobre la mesa…!) ¡Qué bien la hacen todos ahora!. Explicamos el nuevo tema, realizan alguna actividad manipulativa con viñetas, textos breves y oraciones, vemos un vídeo de unos 5-10 minutos relacionado con el tema comentado, cantamos y, de nuevo, rezamos de pie y nos despedimos. Esta rutina les ayuda a centrar su atención, sintiéndose seguros, porque saben qué se espera de ellos y así se disponen a escuchar, a aprender y a realizar la actividad que se les propone.

Empezamos comprobando qué sabían de la señal de la Cruz y cómo la hacían. Además de explicar, de hacer de modelo, de dibujar en la pizarra y de poner una Cruz muy artística y bonita, fuimos  enseñando a cada uno, para que la hiciera bien, para que se le entendiera lo que dice, y para que se acordaran de hacerla al levantarse y al acostarse ,(este último objetivo está sin comprobar…). En las siguientes clases repasamos el Padre Nuestro, recordamos qué es el Bautismo, “Dios es Nuestro Padre”, “La Creación”, “El pecado”, “Vida de Jesús”. Para este tema elegimos los 20 misterios del Santo Rosario. El libro “Santo Rosario” de San Josemaría, fue la inspiración y el fundamento para preparar el material con las ilustraciones de Borobio.

 

La experiencia es todavía muy corta, pero lo ya experimentado y vivido nos confirma en nuestra tesis inicial, que la obligación por parte de los educadores y el derecho de las personas con síndrome de Down a recibir formación religiosa pueden llevarse a cabo de un modo altamente positivo. No somos capaces de ver y de valorar la acción de la gracia en sus almas, pero sí vemos su alegría, sus ganas de aprender, su satisfacción personal, su afán de colaborar, su constancia e interés, su participación directa en su aprendizaje y su afán de mejora personal.

El Papa Juan Pablo II, recogiendo el lema del Congreso referido a las personas con discapacidad, nos dijo: “Vosotros sois miembros del Cuerpo de Cristo: ¡el Cuerpo del Resucitado! ¡Éste es el fundamento verdadero de una dignidad indestructible!”. En la luminosa perspectiva que la palabra de Dios abre ante los ojos de la fe, dirijo a cada uno una calurosa invitación a perseverar en la dedicación a la noble causa de la promoción de las personas que sufren de handicap”. Este es nuestro propósito y nuestro empeño”.

 

 

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